TEXTO PRESENTADO EN LA MESA REDONDA SOBRE TEATRO CONTEMPORÁNEO Y DIRECCIÓN ESCÉNICA EN YUCATÁN, ORGANIZADA POR EL CINEY (Centro de Investigaciones Escénicas de Yucatán).

MÉRIDA, YUCATÁN, CAFÉ CHOCOLATE, 5 DE FEBRERO DE 2009.

 

I Dramaturgia actual

Hay, a la hora de hacer y pensar el drama dos tendencias fundamentales que vienen, al menos en lo que tenemos bien registrado, desde Aristóteles. La primera, que es la que defendía el pensador griego en su Poética, tiene que ver con el predominio de la acción en la estructura de la obra. Hombres en acción nos decía el filósofo que era lo que se representaba en un drama, y a partir de eso se articulaban los demás elementos de la obra. La segunda tendencia corresponde a la importancia primordial que se le da al carácter, es decir, al personaje, a la hora de concebir el drama; todos aquellos aspectos internos y externos, que hacen que un hombre tome sus decisiones y entre en acción. Tendencia que aunque tuvo su mayor auge a principios del siglo pasado gracias al desarrollo de la psicología moderna y la inclusión de sus conceptos en el campo del teatro, ha estado presente también en la dramaturgia de todos los tiempos. El mismo Aristóteles reclamaba en alguna de las obras que estudió, el excesivo detalle con el que se intentaban describir las costumbres y rasgos de un personaje, advirtiendo que esto entorpecía el verdadero meollo de una obra, que era el desarrollo de la acción.

Hay en estas dos tendencias, que con matices diversos han recorrido la historia del teatro, un elemento común, y es la calidad corpórea que más allá de la pura dramaturgia tiene el teatro. Una obra de teatro escrita no está terminada aún, siempre existe una puesta en escena que se da primero en la imaginación del dramaturgo y le guía en el camino de su escritura, y luego, no para todas las obras, claro, viene la materialización de la puesta en escena a través de la interpretación que de las imágenes del autor hacen los artistas escénicos, y de éstos, es el actor el que ofrecerá el cuerpo a los personajes y sus acciones. En otras palabras, una obra de teatro escrita es una potencia en espera de volverse acto gracias al cuerpo del actor.

A diferencia de otras artes en las que las herramientas para su realización han evolucionado de acuerdo a las tecnologías de las distintas épocas, el actor, o mejor dicho, el cuerpo del actor que es el principal instrumento del teatro sigue siendo el mismo de hace miles de años, y si fuéramos más osados, podríamos afirmar que la experiencia humana que es la materia principal del drama tampoco ha cambiado tanto a pesar de las distintas épocas por las que ha pasado. Es claro que las formas han cambiado, tanto en los aspectos meramente literarios del drama, así como en las técnicas de producción de la puesta en escena, pero estos cambios formales han servido para hablar a cada época en su propio lenguaje de cosas que no han cambiado.

Así, tenemos que en el teatro siempre se encontrarán entremezclados elementos del comportamiento humano que vienen de tiempos inmemoriales, con formas renovadas de ver y entender el mundo que nos rodea. No importa tanto en qué medida un autor enfatice más la acción o el carácter, o qué tanto se empeñe en encontrar formas nuevas de escribir un drama, siempre estará ligado a un arte en que la tradición y la originalidad tienen que coexistir para hablar cabalmente del ser humano.

Podemos suponer, de acuerdo a estas ideas, que en tanto el dramaturgo este en plena conexión con su tiempo, cosa inevitable, comprometido con los temas y problemáticas que envuelven a sus coetáneos, conocedor también de su oficio y de su historia, tendremos a un autor actual, haciendo una dramaturgia moderna.

II Los clásicos de todos los tiempos

Sin embargo no son únicamente los dramaturgos contemporáneos quienes hacen una dramaturgia actual, hay también autores que por su genialidad y/o por haber vivido en épocas en las que el teatro, por sus formas estilísticas y de producción, se volvió un fenómeno social fundamental, propiciatorio de los cambios necesarios para el mejoramiento de la sociedad. Autores de épocas en las que la necesidad del teatro les hizo desarrollar su arte a tal nivel de universalidad, que aún hoy sus obras nos siguen transformando. A estos autores podremos llamarlos clásicos

Hay dos formas en las que estos autores siguen contribuyendo a la dramaturgia actual. La primera, y ésta ha sido práctica de cada época, ha sido como modelos para el aprendizaje no sólo de los dramaturgos, sino también para preceptistas y críticos que han buscado la forma en que el teatro de su tiempo adquiera la grandeza de la que estos legados son referencia. Cada época del teatro se ha nutrido de las formas que le han precedido, a partir de su estudio, a partir de la interpretación de sus valores, a partir de retomar los temas y personajes que han trazado una especie de dibujo del ser humano que se ha venido conformando desde que el hombre ha adquirido conciencia de sí mismo. Nuevas obras que surgen a partir del diálogo que se tiene con los autores que ya han recorrido el camino que a cada época le hace falta.

La segunda forma, hasta donde sé un poco más nueva, comenzó más o menos por el siglo XVIII; ha sido la puesta en escena de los textos de los autores clásicos. No funcionando ya como modelos para nuevas creaciones, estos autores comienzan a hablar con su propia voz a las distintas épocas, y el público fue aprendiendo también, no sin cierta dificultad, pero con claridad, a escuchar esa voz y reconocerla como propia. Si bien en un principio, el montaje de estos autores implicaba para los artistas escénicos una obligación de imprimir realismo a estos montajes, es decir, de respetar y presentarlos lo más apegado al contexto de su época, -lo cual, en mayor o menor medida requería de la imaginación y de la interpretación- llegó un tiempo en que esta obligación cesó.

Hacia el siglo XX, y sobre todo después de la segunda mitad, esta necesidad de respetar a los clásicos en su contexto fue dejándose de lado para dar paso a puestas en escena que utilizando elementos actuales presentara aquellas obras antiguas en contextos temporales diversos, generándose así nuevas lecturas y signos, descubriéndose nuevos valores y reforzando la idea de la universalidad contenida en aquellas piezas. Pudimos ver por primera vez a Romeo y a Julieta en jeans, por poner un ejemplo. A partir de esta experimentación no sólo gano la escena, sino que nuevos aires se brindaban también a la dramaturgia contemporánea.

Hoy podemos ver en escena ya no sólo a los clásicos de nuestra tradición occidental, sino que otras tradiciones se han hecho presentes y vivas, nutriendo a los hacedores de teatro y a los espectadores de todo el orbe.

III La palabra y la lógica

Una gran transformación surgió a través de un impulso manifiesto en varios artistas de finales del XIX y principios del XX, épater le burgeois. Escandalizar al burgués, esto fue lo que propició el Padre Ubú, ese personaje que creara Alfred Jarry, al presentarse por primera vez en escena y soltar su primer parlamento: Merdre, una especial forma de decir mierda. En ese momento todas las reglas que se habían creado para hacer un teatro de “buen gusto”, y en el que el espectador burgués se sintiera cómodo, se rompieron. A partir de esta palabra una infinidad de posibilidades se abrieron también. No por nada ese visionario que fue Antonin Artaud, nombró “Alfred Jarry” al teatro en el que pondría en práctica sus ideas revolucionarias. Artaud concebía un teatro en el que se erradicara el dominio absoluto del dramaturgo, un teatro en el que la palabra, que había perdido su impulso vital dejara de ser el lenguaje del teatro, para dar paso a los gestos, los impulsos y las más profundas emociones humanas. Un teatro que impactara todos los sentidos del espectador convirtiéndose en una necesidad vital.

Aunque Artaud no llegó a realizar cabalmente sus ideas, sí sirvió de inspiración a muchos artistas escénicos que se dieron a la tarea de encontrar los medios de llevarlas a la práctica. No desapareció la palabra del teatro, ni la dramaturgia, pero sí aparecieron nuevas relaciones entre el autor y el actor, y entre éste y el público; nuevas experiencias escénicas basadas no ya en un texto escrito sino en una reconfiguración de las convenciones teatrales. El happening, el performance, la intervención, son algunos ejemplos de estos nuevos juegos que surgen a partir de Artaud.

Ante la nueva experiencia, los dramaturgos han descubierto también nuevas convenciones y estructuras en las que la palabra ha adquirido nuevos valores también, rompiendo la lógica, la sintaxis, usando contraposición entre texto y acción, la repetición, la intertextualidad, el collage.

Al día de hoy el dramaturgo tiene ya muy pocas ataduras que ciñan su trabajo a alguna regla, más que las que su propia búsqueda y rigor le impongan. El panorama de la dramaturgia es amplio en estos días, y los estilos incontables, tanto que a veces se hace difícil reconocer el valor verdadero de una obra, ya por la dificultad de entender su estructura o la profundidad de sus temas, ya por la facilidad con la que los dramaturgos se esconden tras la libertad ganada para justificar su falta de rigor y a veces de imaginación.

La búsqueda por una dramaturgia actual sigue y toca a la historia y a los públicos seleccionar las obras que habrán de perpetuarse para seguir nutriendo este arte ancestral.

Miguel Ángel Canto

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s